Una tarde en el Retiro
El calor era agobiante en medio de aquella tarde de mayo. La primavera en Madrid, a veces, pensaba ella, no se diferenciaba mucho de los días mas livianos del verano…
El parque rebosaba de vida y de griterío, de niños corretenando, enredándose entre los pies de los adultos, patinadores que esquivaban con ágiles movimientos de cadera a los peatones, de los trinos de los pájaros, de las voces de los vendedores ambulantes, reclamando atención sobre sus barquillos o sus cómics. La brisa agitaba las copas de los árboles y a lo lejos, la suave reverberación sobre el agua del lago centenario…
Adoraba las tardes de domingo en el Retiro tanto como pueden ser capaces de hacerlo las niñas de ocho años. Adoraba las tardes de Retiro tanto como adoraba La Sirenita, los libros de la Bruja Aburrida, los cuentacuentos que le ponía su madre antes de irse a la cama, y los recreos de verano intercambiando en el patio cromos de la Bella y la Bestia. Esa tarde revoloteaba de aquí para alla, cogiendo florecillas, piedrecitas de formas curiosas y tratando de alimentar alguna ardilla hudiza. Su madre la perseguía, sin resuello, y la tironeaba del brazo cuando se alejaba demasiado. Pero, como podía estarse quieta una niña en un tarde de domingo cuando en el Retiro había tanta vida que admirar.
Caminaron distraídamente durante un largo rato cuando al final llegaron a una encrucijada en la que una cantidad considerable de gente se arremolinaba alrededor de una de las fuentes más grandes del parque. la niña y su madre consiguieron ponerse en primera fila, y el espectáculo que tenía enfrente la hizo proferir un gritito de entusiasmo.
Unos seres extrañísimos, mitad anfibios mitad seres humanos andróginos, se retorcían, bailaban y saltaban la multitud reía entusiasmada. Sus cabezas tenían grandes orejas puntiagudas, sus extremidades terminaban en unas grandes aletas palmeadas y su cuerpo estaba lleno de escamas que relucían bajo el sol luminoso del crepúsculo. No hablaban ni cantaban, entonaban tristes letanías de otros tiempos con sonidos guturales y otros que no podían ser sino cánticos de delfín, y no tnían ojos, ni nariz ni boca: sólo un óvalo brillante y perfecto que refulgía como las piedras preciosas que ella había visto tantas veces en los documentales de la tele.
La niña miraba absorta el espectáculo y cuando por fin su gargante le permitió articular palabras, interrogó a su madre:
-Mamá, ¿que son estos seres?
-Son duendes, Laura. ¿no ves que no tienen ni pies, ni manos, ni cara? ¿no ves que no hablan como las personas? Viven en la fuente de esta plaza, salen a veces cuando el tiempo es muy bueno para estirarse y cantar y bailar. No puedes acercarte mucho porque son seres muy frágiles y se pueden asustar. Estos duendes son capaces de comunicarse con los animales, conocen a los unicornios y las sirenas y pueden conceder deseos si se lo pides con muchas, muchas ganas. Somos unos afortunados por haberlos visto, casi nunca salen, son muy tímidos. ¿Verdad que son preciosos, cielo?
La niña la escuchaba a medias, idiotizada y maravillada de la historia que le acababa de contar mamá. Se los imaginó viviendo en la fuente, durmiendo acurrucados los unos junto a otros en el suelo fangoso, hablando con las sirenas y las ardillas y concediendo los deseos de todos los niños que habían tenido el privilegio de encontrarlos.
-Mamá, yo quiero ir a su reino, quiero ver su casa, quiero saber dónde viven y hablar con ellos, mamá yo quiero…
La madre, sonriendo, la empujó de vuelta, ya se iban a meter en la fuente otra vez cariño, son criaturas muy tímidas y no aguantan demasiado tiempo luz del sol.
La niña, de camino a casa, se quedó dormida y soñó con duendes que viven en fuentes, con sirenas y unicornios, con dragones y princesas y animales que hablan…y…
Soñó con los duendes durante mucho, mucho tiempo…
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Una tarde de domingo cualquiera se encontraban Laura y su madre en el salón de la casa, la primera, soportando estoicamente la resaca, la otra, haciendo los crucigramas del periódico. De repente, a la madre se le iluminó la cara con una sonrisa…debería haber estado pensando el algo.
-Laura, ¿te acuerdas de los actores que vimos en la fuente del Retiro, que yo te dije q eran duendes?
Laura levantó la vista cansadamente de la revista y asintió pesadamente.
-¿Cómo los recuerdas?
entrecerró ella los ojos, para recordar. Pues los recuerdo…eran verdes y brillantes, estaban saliendo de la fuente cuando llegamos, los recuerdo luego volviéndose a meter…
la mamá, entonces, sonrió aún más, complacida. ¿De verdad, Laura, que los recuerdas saliendo de la fuente?
-si mamá-contestó Laura. Lo recuerdo perfectamente, estaban dentro de la fuente y salieron cuando nosotras llegamos.
-Laura, los actores no estuvieron dentro de la fuente en ninún momento, eso te lo conté yo. Sólo estaban bailando y cantando. Tampoco se metieron en la fuente cuando nos fuimos te lo aseguro.
Laura miró pensativa a su madre. ¿Cómo era posible que ella hubiera alterado de tal manera el recuerdo de aquellos actores?¿Comó era posible que ella, si cerraba los ojos, visualizara meridiamente algo que jamás sucedió? Qué instrumento tan increíble, la imaginación…
Pensó en ello toda la noche y al día siguiente, y el resto de la semana y jamás se le olvidó la anécdota. Puede que la magia no se pueda explicar desde la lógica o la física o las matemáticas…Pero aquella imagen enrocada y vivísima en su mente..
¿es que no era eso razón suficiente para demostrar que la magia existe, y seguirá existiendo mientras haya un niño en el mundo dispuesto a creer en ella?