El infierno, primera parte
Esa mañana, como casi venía siendo habitual en todas las mañanas que recordaba, también amaneció gris y plomiza; un poco triste.
Se vistió sin prisa, y después de pensarlo mejor durante un rato, decidió volver a la cama, bajo el calor del edredón de plumas.Como cada mañana, como venia siendo habitual, las lágrimas se deslizaron silenciosas e inevitables y mancharon la almohada de grandes y oscuros cercos húmedos. Otra funda a la lavadora, pensó…como venía siendo habitual.
A las 12 el Señor De La Habitación De Al Lado comenzó a aporrear la puerta, mientras gritaba algún insulto que por suerte le resultó casi ininteligible y demasiado familiar como para que pudiera herirla. El día había empezado, otro día de la largusíma lista de días que todavía le tocaban por vivir. Con el dorso de la mano, ahogó un lamento que amenzaba con abrasarle la garganta.
Se puso la bata, se puso todo lo que pudo encima para evitar con él hasta el más mínimo contacto físico, y ante sde abrir la puerta, ya le había preguntado qué mierda de desayuno quería esa mañana. Lo preguntó con la puerta de roble maciza de por medio porque sabía que su respuesta más precedible de él a su pequeña impertinencia hubiera sido un intento de gancho de izquiera, o algo parecido. En realidad no le importaba, casi lo deseaba, que él volviera a pegarla.
Entonces ya estaría lo suficientemente justificada ante un juez (y sobre todo ante Dios) si ella le estampaba la sartén de acero (que le había regalado su yerno las últimas navidades) en el cráneo y lo silenciaba para siempre. Así ya nunca tendría que escuchar sus gritos, sus insultos, sus amenazas y sus eructos. De su boca, tendido en el suelo, ya muerto, solo saldría sangre y silencio.